lunes, 26 de enero de 2015

DECEPCIÓN (La vida en cuatro sentidos)




Hacía ya varios meses que Alberto había decidido independizarse, a pesar de la férrea oposición de sus padres. Su sueldo de telefonista en un importante despacho de abogados, le permitió alquilar un piso diminuto en un edificio antiguo de un barrio popular. Debido a su minusvalía, la decisión desencadenó un auténtico terremoto en su casa. Su madre, que era una especie de gallina clueca controladora con tendencia a la histeria, había intentado disuadirlo con todo tipo de argumentos: “¿Pero cómo vas a manejarte tú solo?”, le decía. Incluso utilizó el chantaje, algo que llevaba haciendo toda su vida: “Esto me va a costar una enfermedad, Alberto”. Así que prescindió de todo y se marchó; necesitaba demostrarse a sí mismo que, a pesar de su “diferencia”, era capaz de vivir de manera autónoma. 
Aquella mañana el despertador le dijo con su voz femenina metálica e impersonal que eran las diez de la mañana del sábado veintinueve de octubre y que la temperatura exterior era de quince grados centígrados. Alberto alargó la mano, le dio las gracias y lo paró. Mmmm..., ¡qué bien, sábado! Se arrebujó en la cama, el calor de su cuerpo bajo las sábanas lo adormeció unos minutos más. Al fin, se rindió y se incorporó. Con un movimiento de rotación de su cuerpo calculado con precisión, dirigió sus pies hacia el suelo y éstos fueron a caer exactamente sobre sus zapatillas. Se las puso. Odiaba notar el frío de las baldosas en las plantas de los pies nada más levantarse.

Se dirigió hacia la ventana y la abrió. Una ligera brisa le rozó la cara y pensó: “Se nota que se ya se ha instalado el otoño, el aire es cada día más fresco”. Respiró profundamente, le llegó el olor húmedo que deja la lluvia en el ambiente y recordó haber oído caer un chaparrón durante la noche. Sintió un escalofrío y cogió su bata del armario.

 Se la puso mientras se dirigía al cuarto de baño. “Qué placer es mear por las mañanas, esa meada larga que va aliviando poco a poco la presión en la vejiga”, pensó mientras oía el gorgoteo del chorro en el agua del váter. Se desnudó y colgó la bata y el pijama en una percha, detrás de la puerta. Se afeitó canturreando un bolero que le había oído a su madre de chico: A las seis es la siiita... Cada utensilio necesario para afeitarse estaba en el preciso lugar hacia el que él dirigía la mano. Se metió en la ducha y cerró la mampara. Era agradable sentir cómo el agua tibia tonificaba su cuerpo. La ducha le ponía de buen humor. Tengo tantas cosiiiitas que te quiero desir... 

Desde que vivía solo, Alberto no había invitado a ninguna chica a subir a su casa. Protegía su intimidad, pero, por encima de todo, el orden escrupuloso que le rodeaba; era vital para él. Últimamente se había fijado en Elena, la recepcionista. No podía negar que le gustaba. El tono suave de su voz, su deje andaluz y su risa contagiosa lo sedujeron. Además, parecía una chica ordenada. Habían tonteado alguna vez a la salida del despacho, pero nada serio. Por fin, en un arranque de valor, aquella misma semana la había invitado a salir. Para su sorpresa, Elena aceptó encantada. ¿Por qué no? ¿Acaso no era él un tío bien plantado, soltero y simpático? 

Vestido solo con el albornoz, entró en la minúscula cocina. Te arrullaré en mis brasos, como en los cuentos de amooooor. Encendió la radio. Le gustaba desayunar tranquilo, oyendo las noticias. El aroma del café y el olor de las tostadas recién hechas eran un pequeño placer más de sus hábitos matinales. Cuando salió, la cocina había quedado como antes de entrar, cada cosa en su sitio.

Fue a vestirse. El armario estaba impecablemente ordenado. Pantalones colgados a la izquierda, camisas a la derecha junto a un par de trajes elegantes. En cada cajón estaban clasificados los calzoncillos, los calcetines, las camisetas, los jerséis. Y en el último estante, los zapatos, todos relucientes. Se puso unos vaqueros y una sudadera. Quería bajar a comprar algunos detalles; no descartaba del todo la posibilidad de invitar a Elena a subir. Se decidió por un vino blanco alsaciano. “Acompañado con unas velas aromáticas y la música de fondo de mi maravillosa colección de vinilos, el ambiente será perfecto”, pensó emocionado. 

Cuando subió de comer en el bar de la esquina, puso una música suave y se tumbó en el sofá. Se quedó adormilado. El salón, como el resto de la casa, tenía los muebles justos: el sofá con una mesita baja delante, una estantería con un carísimo equipo de música junto a sus decenas de vinilos y en un rincón una mesa con varios aparatos informáticos. 

La voz del móvil lo sobresaltó: “Mother”. Sí, para conversaciones con su madre estaba él. La ignoró. Se levantó de un salto, había llegado la hora de acicalarse. Como en el bolero, había quedado con Elena a las seis. Estaba nervioso. Sabía que le gustaba el jazz, como a él, y uno de sus amigos le había aconsejado un local donde tocaban en directo. Después irían a cenar. No hacía más que pensar si a Elena le gustaría el local, el grupo que tocaba, la música, pero sobre todo si sería capaz de invitarla a su casa si la ocasión se presentaba. Elena era una chica desenvuelta, sin prejuicios. Que él supiera, no salía con nadie en ese momento, pero la había oído hablar de muchos de sus “ligues”.

Cuando ya iba a salir apestando a colonia varonil y vestido de manera cuidada, pero ligeramente informal, oyó que se había dejado encendida la radio de la cocina y fue a apagarla. Cogió el móvil de la mesita del salón y se lo guardó en el bolsillo junto a las cosas que siempre dejaba en una repisa de la entrada: la cartera, las llaves y un pañuelo blanco inmaculado. Antes de guardar la cartera, se aseguró de que llevaba bastante dinero, la VISA y los preservativos. 

No tuvo que esperar mucho en la puerta del pub. Elena se le acercó y le dio un beso en la mejilla. Olía a champú y a perfume de flores, era un olor fresco, nada empalagoso. A lo largo de la tarde Alberto se tranquilizó. Había acertado con el sitio: Elena estaba encantada. Conocía algunas de las canciones que tocaban y las tarareaba golpeando el suelo con un pie. A lo tonto y con el entusiasmo, se habían bebido ya dos jarras de cerveza cada uno. Alberto no solía beber, pero aquel día era especial. Elena lo pasó de maravilla y durante la cena no paró de decírselo. Hablaron de música, de grupos, de sus canciones preferidas... Alberto, estaba entusiasmado. Elena hablaba y hablaba mientras comía; su voz le pareció más cálida que nunca. El olor de su perfume le llegaba con cada uno de sus gestos. De vez en cuando, le decía ¿no crees?, y sin apenas darle tiempo a contestar, retomaba su discurso. Luego, todo salió rodado. La cerveza del pub y el vino de la cena les dieron el puntito justo para desinhibirse y acabaron en casa de Alberto. El vino alsaciano, el perfume de las velas y la música seleccionada cuidadosamente hicieron el resto.

Por la mañana Alberto se despertó, extendió la mano y notó el otro lado de la cama vacío. Apretó un botón del despertador y éste le dijo que eran las doce y veintitrés del domingo treinta de octubre y que la temperatura exterior era de diecisiete grados centígrados. De la casa no le llegaba ningún ruido. A pesar de la resaca, se levantó. Hizo el movimiento de rotación habitual y sus pies fueron a dar con el suelo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Palpó la zona cercana a la cama con los pies, pero no consiguió encontrar las zapatillas. No le quedó más remedio que ir descalzo al armario y ponerse unos zapatos. Estiró la mano para coger la bata. ¡Tampoco estaba! Repasó todo el armario. No, no estaba allí. Tiritando, se puso un abrigo. Fue al cuarto de baño, tropezó con sus zapatillas al entrar y se dio un golpe con el lavabo. Al hacer pis, en lugar de oír el gorgoteo habitual que tanto le satisfacía, notó que se estaba mojando, el chorro le salpicaba. Bajó la mano: la tapa del váter estaba bajada. La subió rápidamente, pero el desastre ya se había producido. Al entrar en la ducha se dio en la frente contra la mampara, que también estaba cerrada. Abrió el grifo y le cayó un chorro de agua fría. Pegó un grito. La resaca y el cabreo iban en aumento. Después de afeitarse, se lavó los dientes. ¡Qué coño era aquello! ¡No era su pasta de dientes! Palpó el lavabo y encontró una serie de objetos desconocidos para él. Fue tocándolos uno a uno y llegó a la conclusión de que debían ser las pinturas de Elena.

Fue a la cocina, todo estaba espantosamente desordenado. En el mármol estaban los restos del desayuno de Elena: tazas, platos, la tostadora, pan de molde, botes de mermelada abiertos... Lo ordenó todo y cuando la cocina estuvo en su estado habitual, se relajó. Se preparó su desayuno y, antes de sentarse, encendió la radio. El sonido de una música estridente le dio directamente en la sien derecha. Apagó la radio; estaba furioso.

En ese momento oyó su móvil. No tenía ni idea de dónde lo había dejado la noche anterior. Guiado por su voz insistente, se dirigió hacia el salón y casi se mata con su bata tirada en mitad del pasillo. El móvil repetía: Elena, Elena... Inició el gesto de contestar, pero una décima de segundo antes de hacerlo, cambió de idea y dejó que sonara. Cuando paró, lo cogió, dijo “Elena” y luego apretó con rabia la tecla “eliminar”. Tiró el móvil en el sofá y se fue a la cocina a desayunar.


         

Relato revisado, publicado en 2011. 

13 comentarios:

  1. Logró tener autonomía, a pesar de la madre.
    Incluso logró una cita con una mujer. Hecho que podría ser una confirmación de esa autonomía. Pero le salió mal. Ni siquiera las personas autónomas están libres de contratiempos.
    Aunque Elena podría no haberlo hecho por maldad, sino por no saber la necesidad de ese orgen. Tal vez Elena esté interesada en él y termine rogandole.

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    1. Hola, Demiurgo. Gracias por pasar y comentar. Yo tampoco creo que Elena haya actuado así por maldad, pero sí debería haber sido más respetuosa con algo que es imprescindible en la vida de Alberto. Dices que Elena quizás actúa de esa manera por no saber la necesidad de ese orden. Y yo entonces te hago una pregunta: ¿cuál crees que es el motivo por el que para Alberto el orden en su casa sea "vital? Me encantaría que me respondieras a esa pregunta; la respuesta está en el propio texto y en el título también.
      Un abrazo

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  2. Salir de la rutina se convierte a veces en un drama...eso les pasa a muchos (entre ellos, yo)...Todo en su sitio, (en mi sitio) otra persona lo cambia todo.

    Me ha gustado mucho...y fácil de leer.
    Un besote preciosa y cuídate.

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    1. Hola, Fibo, Fibito, que eres un encanto. Te hago la misma pregunta que a Demiurgo. ¿crees que ese orden estricto en el que vive Alberto responde únicamente a una manía o existe otro motivo? Busca bien que la respuesta está en el texto y en la foto.
      Un beso MUY cariñoso.
      Me cuido mucho, pero este cuerpo mío es una ruina. En mi próximo relato tendrás la respuesta. Suspense...

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    2. Yo he entendido que esa persona era ciega...luego releo mejor el texto...quizás se me haya pasado algo.

      Un besote preciosa

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    3. No, no. Ése es el dato. Creí que no lo habías entendido así y para mí era importante porque todo el relato gira en torno a ese dato. Gracias por tu cariño y tu ayuda. Eres un sol.
      Un beso grande

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  3. Molt bo, Marta. S'entén molt bé que l'Albert és cec. Està clar que les persones cegues necessiten l'ordre per ser autònomes però m'has fet pensar que les persones que hi veuen també poden necessitar-lo, per ser autònomes.

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    1. Hola, Loreto. A quinés hores! Sento les meves absències. Gràcies pel teu comentari i per confirmar-me que queda clar que l'Albert és cec. Era molt important. En el tema de l'ordre, crec que cadascú té la seva pròpia idea del que és l'ordre.
      Petons

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  4. Hizo lo que debía. En una fracción de segundo tomó la gran decisión de su vida: eliminar a Elena. Un desastre. Mejor solo, no te digo...

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    1. Hola, Jose. Ya ni te acordarás de que me habías dejado un comentario. Te lo agradezco y te pido disculpas por mis ausencias. Estoy de acuerdo contigo, yo habría hecho lo mismo que Alberto. La tal Elena tenía la sensibilidad bastante oxidada.
      Un abrazo fuerte

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    2. Nunca olvido que te leo y que aprendo. Con tus relatos de la vida corriente. Un beso... joseA

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  5. parece que la ceguera fue en Elena, esa que no le permitió "sentir" a Alberto dentro de un universo así construido por el. Tal vez, lo único que hizo falta, para que a Alberto de verdad, no le importara ese desorden. Faltó algo ?. Muy bueno, agradecida.

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    1. Hola, Anónimo. Te agradezco tu comentario. Cierto, en este relato la más ciega es Elena.
      Bienvenida a mi blog.

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