domingo, 22 de marzo de 2015

CUERPO AUSENTE




Siempre tuve la certeza de que, tarde o temprano, me sucedería algo semejante a lo que aquí relato. Desde niña viví con la permanente sensación de que el cuerpo en el que habitaba, en realidad, no me pertenecía. En lo más íntimo de mí misma, lo sentía extraño, ajeno.

La confirmación de ese desasosiego que me producía el no ser propietaria de mi cuerpo se inició una mañana en que me dirigía a trabajar.

Al pasar por delante del escaparate de unos grandes almacenes, me miré de reojo. Es un gesto casi mecánico que solemos hacer las mujeres para confirmar que nuestro aspecto es el que deseamos tener, aunque, a menudo, lo que vemos no es lo que esperábamos ver y no hacemos más que confirmar que seguimos siendo las que somos, nos guste o no.

Sin embargo, aquella mañana no pude evitar pararme en seco delante del escaparate. Me acerqué, miré mi reflejo con atención y, por extraño que os pueda parecer, confirmé mi primera impresión: mis piernas no estaban. ¿Cómo era posible? En ningún momento había tenido dificultad para caminar, mis pasos eran firmes y seguros. Hice varios movimientos delante del cristal: hacia delante, hacia atrás, de un lado, del otro. Mi cuerpo se desplazaba con su agilidad habitual y, sin embargo, ellas no estaban allí: no, definitivamente, no tenía piernas.

Mi primera preocupación pronto se disipó. Reflexioné un momento y me dije que las piernas tenían que estar allí. Yo caminaba, me desplazaba de un lugar a otro; algo que no me sería posible sin ellas, era evidente. Entonces llegué a la increíble conclusión de que, por algún motivo que se me escapaba, mis piernas se habían vuelto invisibles. Así que dejé de torturarme. ¿Para qué calentarme más la cabeza? Lo importante era que ellas cumplieran con su cometido y que aquella anomalía no afectara a mi vida.
Continué mi camino. El instinto de supervivencia me sugirió que redujera levemente la energía de mis pasos; simple precaución. Lo más curioso era que nadie parecía advertir nada diferente en mí; no me miraban de reojo, ni se giraban a mi paso. De lo cual deduje que mis piernas eran visibles a los ojos de los demás. Aquello me intrigó aún más. Yo era la única que no las veía.

Aunque durante aquella jornada pude continuar con mis actividades habituales, como si nada tan extraordinario hubiera sucedido, percibí en mí un “algo” que no sabría explicar. En realidad, mi vida no se había visto alterada por el hecho de que mis piernas fueran invisibles a mis ojos y, sin embargo, yo no era toda yo. Es decir, algo de mí no estaba en su sitio y solo yo lo sabía. Fue la primera noche en que me acosté con el temor y la certeza de que algo o alguien trataba de manipular mi cuerpo.

Al día siguiente, lo primero que hice fue mirarme las piernas. ¡Habían vuelto, las veía! Incluso me miré en un espejo para asegurarme; desde lo ocurrido la víspera ya no confiaba mucho en mis ojos. Pero sí, en efecto, allí estaban mis piernas. ¿Las mías? Me acerqué y constaté con asombro que aquellas piernas no eran las mías. Bueno, mías eran porque estaban unidas a mi cuerpo, lo que quiero decir es que no se parecían a las mías, a las que tenía antes de que estos curiosos cambios se iniciaran. Eran delgaduchas, un poco torcidas, de manera que no podía juntar del todo los pies, me lo impedían los tobillos. No, decididamente, no eran mis piernas. Anduve unos pasos por la habitación para comprobar su eficacia. La leve torcedura de los tobillos no me hizo mucha gracia; me daba unos andares de patizamba un poco ridículos. A pesar de todo, no podía quejarme; al fin y al cabo, eran unas piernas y se habían adaptado bien a mi cuerpo. Así que, sin darle más vueltas, las acepté.
Pero aquella misma mañana, cuando dirigí la mano hacia la puerta del ascensor, advertí la ausencia de mi brazo derecho y, como la víspera, a pesar de esa ausencia, mis gestos eran eficaces. Al día siguiente, como era de esperar, un brazo ajeno, pero fuerte y vigoroso, había sustituido el mío. En esta ocasión, había salido ganando.

Así empezó un proceso que se repetía con el mismo patrón: por la mañana desaparecía una parte de mi cuerpo que reaparecía al día siguiente con una forma diferente a la original.

Lo único que no perdí fue la cabeza.

A pesar de que con el paso de los días acabé incorporando a mi vida aquellas ausencias y reapariciones, no dejaba de sentir un extrañamiento incómodo hacia mi cuerpo. Entonces, ¿por qué lo aceptaba sin oponerme a ese algo o alguien que lo manipulaba a su antojo? Quizás porque en ocasiones el cambio me beneficiaba, aunque en otras saliera perdiendo. Me pareció justo. El día en que me desaparecieron los ojos, por ejemplo, recuperé otros verdes, rasgados que me sentaban de maravilla, si no fuera porque la semana anterior había recuperado una horrible boca deformada por el bótox. Y así, sin que yo hiciera nada por evitarlo, el proceso de transformación se completó.

Pero, como suele ocurrir en la vida, aquel fenómeno acabó por mostrarme su lado oscuro. Fue a traición. Cuando ya me había adaptado a un cuerpo hecho de retazos de otros cuerpos, algo volvió a cambiar, pero esta vez, como digo, de manera ruin.

Una mañana, poco tiempo después, empecé a sentir una nueva enajenación hacia ese cuerpo que tanto me había costado asumir. Sin embargo, en esta ocasión, cuando el proceso se inició, no pude evitar sentirme traicionada por él. Yo, que lo había aceptado a pesar de lo esperpéntico de mi aspecto. Esta vez lo consideré injusto.

Sin previo aviso, decidió sublevarse contra mí. Su rebeldía fue paulatina, insidiosa: uno a uno, los remiendos que lo conformaban empezaron a desobedecerme. Una mañana soleada miré al cielo, pero mis ojos no vieron más que oscuridad; al día siguiente, me llevé a la boca un dulce de miel y noté un desagradable sabor amargo; otro, mis pies me obligaban a caminar en sentido contrario al que yo pretendía dirigirme; en otra ocasión, cuando sentí la urgente necesidad de echarme a llorar, un impulso traidor me obligó a reír. El proceso fue lento, pero implacable.

En un intento de frenar aquella derrota que preveía ya inevitable, quise resistirme. Empecé a repetir con obcecación los mismos gestos una y otra vez, me negaba a aceptar la rebeldía de una sola parte más de aquel cuerpo que me dominaba sin remedio.

Estaba ya a punto de resignarme a vivir dominada por mi cuerpo, cuando una mañana, me armé de valor y decidí enfrentarme a él. Luché contra su dominio, opuse toda la resistencia de que fui capaz, pero solo conseguí que se burlara de mí: Nunca lo conseguirás, soy más fuerte que tú; hace tiempo que lo soy y lo sabes. Le supliqué que detuviera aquel ensañamiento, no quería convertirme en un títere que él manipulara a su antojo. Se rió: ¿Por qué no te defendiste en su momento, cuando aún estabas a tiempo? No supe qué contestar, era cierto. Intenté justificarme con excusas ridículas, pero no me escuchó. Solo se giró y se alejó un poco más de mí. Le grité, le supliqué. Todo fue inútil. Tenía razón, era demasiado tarde.


28 comentarios:

  1. NO, no y no, nunca es demasiado tarde, siempre se puede vencer si reanudas la lucha, las únicas batallas perdidas son las que no se dan. Este relato da fuerza, transmite esa fuerza, por tanto no es cuestión de suplicar, sino de luchar de manera decidida. Te voy a plagiar un poco la idea, luego la miras en mi blog, y perdona el atrevimiento.

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    1. Hola, Paco. No siempre quedan fuerzas para iniciar una nueva lucha. A veces, te sientes vencido y abandonas el barco.
      Sí, me pasaré a leerte.
      Un abrazo grande

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  3. Tal vez no lo es, no se puede confiar en el pensamiento de quien está interesado en que se acepte la derrota.
    Bien escrito.

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    1. Gracias, Demiurgo. A pesar de mi inconstancia y mis frecuentes ausencia, te agradezco que seas uno de mis incondicionales. Eres breve en tus comentarios, pero muy agudo. Gracias por lo de "bien escrito"
      Un abrazo

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  4. No le temas a la altura. Siempre tenemos alas, si acaso esta se derrite; pues existe el paracaídas.
    Muy buewn relato Marta!

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  5. No le temas a la altura. Siempre tenemos alas, si acaso esta se derrite; pues existe el paracaídas.
    Muy buewn relato Marta!

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  6. Gracias por pasar y comentar, roberto. Bienvenido a mi blog.
    Y si el paracaídas no se abre, siempre nos queda soñar que volamos.
    Me alegro que te haya gustado.
    Un abrazo.

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  7. Un relato maravilloso
    Estoy feliz
    hoy sali a pasear
    y me he encontrado con escritores maravillosos
    un abrazo

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    1. Gracias, Recomenzar. Ya no recuerdo tu nombre. Me alegro de que ese paseo virtual te haya hecho feliz y que yo haya podido contribuir un poquito con mi relato.
      Un abrazo

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  8. La protagonista s'ha conformat amb els canvis corporals però està aterrida davant del fet de no poder controlar la ment perquè llavors sí que deixarà de ser ella. És dur però m'agrada el relat, Marta.
    Una abraçada

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    1. Gràcies, Loreto. Sí, el pitxor que ens pot passar és no controlar la ment perquè és, en realitat, qui ho controla tot. Gràcies per passar.
      Una abraçada

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  9. Hay situaciones, hechos, sensaciones, que sólo pueden ser descritas de forma tan excelente si la persona que las relata padece esa escisión cruel o si se trata una buena escritora..., o ambas cosas, claro está.
    Un beso.
    HD

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    1. Querido Humberto, un placer verte por aquí de nuevo. Sí, es duro ver cómo tu cuerpo te abandona, pero nunca es tarde para recuperarlo y tomar las riendas. Gracias por tu comentario, me satisface doblemente porque sé que es sincero.
      Un beso.

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  10. Quizás la protagonista deba pelear la batalla principal contra su mente. Tal vez sea ella la que le está jugando con trampas. En todo caso, nunca es del todo tarde, mientras halla vida, habrá esperanza.
    Un texto como para meditar profundo.
    Un fuerte abrazo, Marta... y ¡bienvenida!

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  11. Gracias, Mónica, por el comentario y la bienvenida. ¡Uf! Batallar contra su mente. Un poco difícil se lo pones a mi pobre protagonista. Ya veremos si consigo que reúna las fuerzas necesarias para hacerlo.
    Un beso.

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  12. Ocurre, a veces, que cuerpo y mente no están de acuerdo. En un cuerpo sano, cabe una mente enferma, y viceversa (Perogrullo). Un cuerpo sano, puede que lo estropee una mente enferma, y un cuerpo enfermo, es posible que sane con una mente clara. Por lo menos, y yo me quedaría con esta última opción, así podría al menos tratar de poner remedio a mis males, o en último caso, disfrutar de tantas cosas como mi imaginación pueda.
    Salu2.

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  13. Hola, Alfredo. Encantada de verte de nuevo por aquí. Veamos, si lo he entendido le digo a mi prota que se aclare primero la mente y verá como el cuerpo no se le rebela más. Vale, pues le daré el consejo de tu parte. Me parece que, además, es un excelente consejo.
    Un abrazo

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  14. Puedes decir; mente. ¡aclarate! que quiero el cuerpo de cuando tenía 18. Otra cosa es que responda a tu gusto.
    Los consejos de Alfreud, ni él mismo los sigue.
    Salu2.

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    1. ¡Hombre, un cuerpo de 18 años sería demasiado pedirle a mi pobre protagonista! Pero yo creo que se conformaría con uno de 4...
      Abrazos. (te contesto con el zapatófono)

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  15. Hoy la Medicina es capaz de reponer órganos dañados, y seguir viviendo. El problema es la mente...
    No se me ocurre ninguna otra reflexión leyendo tu excelente relato. Un beso, JABejarano

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    1. Hola, Jose. Qué cierto. Si los cirujanos pudieran entrar en nuestra "psique" y arreglarla un poquito, mi pobre protagonista no andaría tan angustiada. Pero de momento, tiene que conformarse con lo que hay.
      Un beso.

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  16. Marta, quisiera creer que somos trozos o piezas un de un rompecabezas. Nos conectamos a algo.
    Tu relato me ha fascinado.

    Saludos!

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    1. Hola, Roberto. Gracias por tu comentario. Como digo en la última entrada, no tengo internet. Hasta que lo arreglen no podré visitaros.
      Un abrazo

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  17. Hola Marta! Te diré que tu relato me tuvo en vilo... Una va leyendo y es casi imposible no sentirse en el lugar de la protagonista, vivenciando cada uno de esos cambios. En primer instancia, lo que me vino a la mente, fue que algunas partes de mi cuerpo bien podrían sufrir algunas transmutaciones de ese estilo -sobre todo aquellas con las que más padezco, pero al llegar al final, creo que descarté totalmente tal idea. Muy original tu narración, muy bien contada... y concluyo, con que la mente a veces, es la única que podría ayudarnos a muchos cambios en nosotros, solo que no siempre es fácil.
    Besos, y un gusto volver a leerte!
    Gaby*

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    1. Efectivamente, Gaby. Es increíble hasta qué punto la mente puede controlar nuestro cuerpo. Pero desgraciadamente suele ser para perjudicarnos. No sabemos controlarla todavía lo suficiente y por eso seguimos sufriendo sus embates hacia nuestro cuerpo.
      Gracias por pasar, Gaby.
      En la última entrada os explico mi ausencia (de nuevo) temporal, espero.
      Abrazos.

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  18. *lo único tangible, por real, es que la mente, como el cuerpo que la sustenta, es nuestra fiel amiga..*.impronunciable, Marta!!!!


    un abrazo (casi pude 'leerte' durante mi recentísima estancia en Stgo de Cl junto a SL)

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    1. Gracias, Pili. Tu visita es de esas que me honran. Me temo, Pili, que en el caso de mi protagonista, tanto su cuerpo como su mente, se han rebelado contra ella. No sé cómo saldrá de ese trance.
      Un fuerte abrazo.

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